Para muchos niños neurodivergentes, un cambio de ruta de camino a casa, que no esté el juguete que querían o que se suspenda un paseo debido al clima puede desatar una crisis de frustración importante. Esto ocurre porque su flexibilidad cognitiva —la capacidad del cerebro para adaptarse a situaciones inesperadas— aún está en desarrollo. Lo que para un adulto es un contratiempo menor, para ellos representa una pérdida total de control.
Entender la rigidez como seguridad
Es fundamental comprender que la rigidez no es porfía. Para un niño que procesa el mundo de forma intensa, la rutina y las reglas fijas son su chaleco salvavidas; les dan la seguridad de saber qué pasará. Cuando el plan se rompe, esa seguridad desaparece. Por lo tanto, el objetivo no es obligarlos a aceptar el cambio de inmediato, sino enseñarles de forma gradual que lo inesperado también puede ser seguro.
Cómo entrenar la flexibilidad en el día a día
Podemos aprovechar situaciones cotidianas y controladas para ejercitar esta habilidad mental:
- Introducir variantes divertidas: Cambiar de puesto en la mesa de comedor de forma lúdica o cepillarse los dientes con la mano contraria.
- El «Plan B» como juego: Acostumbrarlos a diseñar siempre una alternativa. «Si mañana llueve y no vamos a la plaza (Plan A), jugaremos a los fuertes con sábanas (Plan B)».
- Validar la molestia: Usa frases como «entiendo que estés enojado porque querías ir al parque, está bien sentirse así, busquemos una solución juntos».
Acompañamiento respetuoso
En Centro Timón, nuestros psicólogos y terapeutas trabajan la flexibilidad cognitiva a través de dinámicas adaptadas que amplían la tolerancia a la frustración. Al entregarles herramientas de autorregulación emocional, logramos que los niños aprendan a navegar la incertidumbre con menos estrés, permitiéndoles disfrutar de una vida familiar y social mucho más armónica y libre.
